Esta feliz historia empieza en 1973. Fue entonces cuando Henri Germain tomó la decisión de sumar a las propiedades heredadas en Chassagne por su mujer (de apellido Pillot) otros viñedos del pueblo de Meursault. Se reúnen así dos pueblos importantes en cuanto a blancos se refiere: uno, Chassagne, ligado al gran viñedo de Montrachet; el otro, Meursault, en pleno proceso de renovación de estilo. A esto último, de hecho, iban a contribuir decisivamente los vinos blancos de Henri Germain, hoy tan famosos.
Pero la cosa no acaba aquí (según nos cuenta el especialista en la materia Jasper Morris, autor de Inside Burgundy), sino que continúa con nuevas ampliaciones a raíz del matrimonio del hijo de la familia, Jean-François, con una Jobard, también apellido ilustre en el territorio, lo que supone acceder al viñedo Poruzots de Meursault, clasificado como 1er. Cru.
Actualmente, es Jean-François quien dirige la bodega, manteniendo, eso sí, la finura impuesta por su padre a unos vinos, los de Meursault, que tradicionalmente tienen fama de sólidos. Sólidos, sí, pero no tanto, y en cualquier caso, no pesados. Esta última sería la respuesta que los Germain han dado a la tradición, insistiendo en un nuevo estilo que privilegia absolutamente el terroir sobre la enología. El manejo de las lías aquí no puede ser más oportuno, tocando los vinos ligeramente pero sin cargarlos de toques mantequillosos o ahumados innecesarios. O todavía peor: toques que pueden jugar a la contra del terroir. Es esto, el favorecimiento de terroirs como Fairendes Morgeot o Chevalières, cada uno con su rasgo de personalidad inconfundible, lo que ha interesado a los Germain.
Pero, ojo, Germain también borda los vinos de inicio de gama, como el blanco de Aligoté, y no digamos sus village, que, añada tras añada, siguen siendo uno de los mejores exponentes de la nueva línea de blancos de Meursault: frescos, sedosos, largos, con cuerpo pero sin exagerar. En definitiva, con Germain, otro Meursault es posible.