Cuando hablamos de esta azienda y de esta región de la provincia de Verona, al este del Lago de Garda, conviene aclarar que varios Quintarelli son responsables del prestigio alcanzado, aunque en distinto grado de importancia. En 1924, un Quintarelli llamado Silvio fundó la bodega a partir de un terreno en Negrar, nombre de una población y de un valle considerados el corazón de la Valpolicella. Fue, sin embargo, su sucesor, Giuseppe, al que cariñosamente llamaban Bepi (uno de los vinos celebrados de la casa se llama así), quien se encargaría de cimentar el aura de calidad que justifica que estemos hablando de una de las bodegas más demandadas del mundo.
Durante varias décadas, Bepi tomó decisiones arriesgadas en viñedo y elaboración, poniendo las bases de la modernidad en su azienda y en su región. Su apuesta por los métodos tradicionales, aunque adaptados a su manera, acabó siendo un acierto. «El genio del Amarone», como se le conoce, no era amante de la enología tecnológica que ya en su tiempo empezaba a extenderse. Apostaba por la pasificación de la uva, clave del Amarone, según los sistemas de siempre (en los fruteros), por la larga crianza y por un tipo de roble, el de Slavonia, que acabaría relevándose clave para la calidad de sus vinos. A partir de un conocimiento de las uvas locales, Corvina, Rondinella o Molinara, entre otras, sin despreciar el valor de uvas francesas cuya aclimatación no pudo ser mejor, fue definiendo estilos que hoy se consideran modelos de perfección, desde el Rosso Primofiore o el Cà del Merlo, hasta el Valpolicella Classico Superiore, o el ya citado, e impresionante, Amarone con su etiqueta amarilla dorada escrita a mano.
Es posible que, en Italia, y en el mundo, productores de Barolo tengan mejor consideración, y algo de esto puede decirse también de los Brunello en general, y de ciertas áreas del Chianti. Valpolicella, por lo que le toca, constituye un mundo aparte. Podrán gustar más o menos, pero, de lo que no hay duda, es de que sus vinos no se parecen a otros. En el caso de Quintarelli, además, no es que gusten, es que provocan furor.