Ni la Nebbiolo ni los Barolos pueden considerarse fáciles. La uva requiere por parte de los viticultores un seguimiento constante y sabio (a menudo, si el clima no acompaña, su maduración se complica), y los vinos tienen fama ganada de ser duros cuando están recién embotellados. Pero, gracias a esto, con el paso del tiempo pueden alcanzar matices de elegancia difíciles de igualar. He aquí la razón principal que explica la pasión que tantos buenos aficionados sienten por estos vinos. El bebedor de Barolos sabe tener paciencia.
De color rojizo pálido, a menudo con reflejos terrosos, los tintos de la DOCG Barolo son fieles expresiones del paisaje en el que se producen. Huelen a bosque y a tierra, a especias y a frutas, y en boca, si han madurado adecuadamente en botella, brindan la tersura y la longitud que distinguen a los grandes vinos.
Once pueblos conforman la DOCG: Barolo, Castiglione Falleto, La Morra, Verduno, Serralunga d´Alba, Monforte d´Alba, Grinzane Cavour, Roddi, Cherasco, Novello y Diano d´Alba. Cada uno de estos pueblos posee sus viñedos y un carácter forjado gracias al empeño de elaboradores sobresalientes. Éstos han destacado en Serralunga, en La Morra, en Monforte o en Castiglione. Hablamos de indiscutibles del universo Barolo como Giuseppe Mascarello, Giuseppe Rinaldi, Massolino, Renato Ratti, Guido Porro, Giovanni Rosso y tantos otros…